9 de septiembre de 2007

Las Penas del Joven Werther

Segunda Parte, 20 de Diciembre
Después de las Once

Todo está tan silencioso a mi alrededor, y mi alma tan serena. Te agradezco, Señor, que concedas a este último instante este calor.
Me asomo a la ventana, querida mía, y veo, aún veo, a través de las nubes que pasan trayendo tormenta, algunas estrellas del cielo eterno. ¡No, vosotras no caeréis! El eterno os lleva en su corazón. Y a mí. Veo las estrellas que forman la lanza del Carro, la preferida entre todas las constelaciones. Cuando por las noches salía de tu casa, al pasar por el portón, allí estaba, sobre mí. ¡Con qué embriaguez la he contemplado a menudo! ¡A menudo, alzando las manos, la convertí en un símbolo, en la marca sagrada de mi dicha de entonces! Y aún... ¡Oh, Lotte! ¡Qué habrá que no me recuerde a ti! ¿Acaso no me rodeas tú por todas partes? ¿Y no me he apoderado, como un niño, insaciable, de cualquier pequeñez que tú, mi santa, hubieras tocado?
He pedido a tu padre en una nota que proteja mi cadáver. Pídeselo tú también. No quiero que los devotos cristianos tengan que yacer junto al cuerpo de un pobre infeliz. ¡Ah! Quisiera que me enterraseis al borde de un camino. O en un valle solitario. Y que los sacerdote y los levitas, al pasar junto a la piedra marcada, se santigüen, y que el samaritano derrame una lágrima.
¡Mira, Lotte! No me estremezco al tomar el frío y terrible cáliz, del que he de beber el éxtasis de la muerte. Tú me lo alcanzaste y yo no vacilo. ¡Todo! ¡Todo! Así se colman los deseos y esperanzas de mi corazón. Llamar a las férreas puertas de la muerte tan fría, tan rígidamente.
¡Si hubiera podido tener la dicha de morir por ti! ¡Lotte! ¡De sacrificarme por ti! Moriría animado, contento, sabiendo que podía devolverte la calma, la alegría de vivir. Pero ¡ay!, únicamente a unos pocos nobles se les concede el poder derramar su sangre por los suyos, y con su muerte avivar en sus amigos la llama de una vida nueva, centuplicada.Con estas ropas, Lotte, deseo ser enterrado. Tú las has santificado. También se lo he pedido a tu padre. Mi alma se cierne sobre el ataúd. Que no rebusquen en mis bolsillos. Aquel lazo de color rojo pálido que tu llevabas en el pecho cuando te encontré por primera vez... ¡Cómo me une a ti! ¡Desde el primer instante no pude dejarte! Este lazo quiero que sea enterrado conmigo. ¡Me lo regalaste por mi cumpleaños! ¡Con qué ansia devoraba todo aquello! ¡Ah! No sabía que aquel camino me habría de llevar hasta aquí. ¡Ten calma! Te lo ruego. ¡Ten calma!
Están cargadas... ¡Dan las doce! ¡Sea, pues! ¡Lotte! ¡Lotte! ¡Adiós! ¡Adiós!


Las Penas del Joven Werther, Goethe (1774)
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