3 de abril de 2008

El Fantasma de la Ópera

Epílogo

Según el Persa, Erik era originario de una pequeña ciudad de los alrededores de Rouen. Era el hijo de un contratista de obras. Había huido muy pronto del domicilio paterno donde su fealdad era motivo de horror y de espanto para sus parientes. Por algún tiempo, se había exhibido en las ferias, donde su empresario le presentaba como el «muerto viviente». Debía haber atravesado Europa entera, de feria en feria, y completado su extraña educación de artista y de mago en la misma fuente del arte de la magia: entre los gitanos. Toda una época de la existencia de Erik permanecía bastante oscura. Volvemos a encontrarle en la feria de Nijni-Novgorod donde actuaba en toda su espantosa gloria. Cantaba ya como nadie en el mundo ha cantado jamás. Hacía de ventrílocuo y se entregaba a números extraordinarios, de los que las caravanas, a su regreso a Asia, hablaban aún durante todo el camino. De este modo su reputación atravesó los muros del palacio de Mazenderan donde la pequeña sultana, favorita del sha-en-shah, se aburría. Un mercader de pieles, que iba a Samarkanda y que volvía de Nijni-Novgorod, explicó los milagros que había visto bajo la tienda de Erik. El mercader fue llamado al palacio y el Daroga de Mazenderan tuvo que interrogarle. Después, el Daroga fue encargado de buscar a Erik. Lo condujo a Persia donde durante unos meses hizo, como se dice en Europa, una de cal y otra de arena. Cometió pues una cantidad de horrores, ya que parecía no conocer el bien ni el mal, y cooperó en algunos hermosos asesinatos políticos con la misma tranquilidad con la que combatió, mediante inventos diabólicos, con el emir de Afganistán que estaba en guerra con el Imperio. El sha-en-shah le tomó amistad. Fue cuando aparecieron las Horas Rosas de Mazenderan, de las que el relato del Daroga nos ha dado una idea. Como Erik tenía de arquitectura ideas absolutamente personales y concebía un palacio al igual que un prestidigitador concibe una caja de sorpresas, el sha-en-shah le encargó un edificio de este tipo que él proyectó y realizó y que era, al parecer, tan ingenioso que su Majestad podía pasearse por todas partes sin que le vieran y desaparecer sin que nadie pudiera decir por qué artificio. Cuando el sha-en-shah se vio dueño de semejante joya, [...] decidió, pues, dar muerte a Erik así como a todos los obreros que habían trabajado a sus órdenes. El Daroga de Mazenderan fue encargado de la ejecución. Erik le había prestado algunos servicios y le había hecho reír a gusto en varias ocasiones. Así que el Daroga lo salvó facilitándole la huida. Pero estuvo a punto de pagar con su cabeza aquella generosa debilidad. [...] El Daroga se vio castigado tan sólo con la pérdida de su cargo, de sus bienes y con la condena al exilio. Sin embargo, como el Daroga era de sangre real el Tesoro persa siguió pasándole una pequeña renta de algunos centenares de francos al mes. Fue cuando vino a refugiarse a París.
En cuanto a Erik, había pasado de Asia Menor hacia Constantinopla donde había entrado al servicio del sultán. Comprenderéis qué tipo de servicios prestó a un soberano que vivía acosado por constantes terrores, sabiendo que Erik fue quien construyó todas las famosas trampillas, habitaciones secretas y cajas fuertes misteriosas que se encontraron en Yildiz-Kiosk después de la última revolución turca. También fue él quien tuvo la idea de fabricar unos muñecos autómatas idénticos al príncipe y tan parecidos que le hacían dudar hasta al propio príncipe, autómatas que hacían creer a los creyentes que su jefe se encontraba en un sitio, despierto, cuando en realidad descansaba en otro.
Naturalmente, tuvo que dejar el servicio del sultán por los mismos motivos que había tenido que huir de Persia. Sabía demasiadas cosas. Entonces, muy cansado de su aventurera, extraordinaria y monstruosa vida, deseó ser como los demás. Y se hizo albañil como otro cualquiera que construye casas para todo el mundo con ladrillos normales y corrientes. Realizó ciertos trabajos de albañilería en la Ópera. Cuando se vio en los sótanos de un teatro tan grande, su naturaleza artística, fantasiosa y mágica, se impuso. Además, ¿no seguía siendo igual de feo? Soñó con hacerse una mansión desconocida para el resto del mundo y que le ocultaría para siempre de las miradas de los hombres.
Se sabe y se adivina lo demás. Transcurre a lo largo de esta increíble, aunque verídica aventura. ¡Pobre Erik! ¿Hay que compadecerle? ¿Hay que maldecirle? No pedía más que ser alguien como los demás. ¡Pero era demasiado feo! Tuvo que ocultar su genio, o jugar con él, cuando, de tener un rostro normal, hubiera sido uno de los hombres más nobles de la raza humana. Tenía un corazón en el que habría cabido un imperio, pero tuvo que contenerse con un sótano. En realidad, hay que compadecer al fantasma de la Ópera.


El Fantasma de la Ópera, Gaston Leroux (1911)
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