18 de febrero de 2014

Luz y Oscuridad

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[…]
Kiyoko sonrió. No había justificación en su sonrisa, sino cierta disponibilidad. El corazón de Tsuda, que había empezado diciendo mentiras, fue ganando poco a poco en serenidad.
—Me maravilla comprobar que nada te preocupa.
—Sí.
—No has cambiado nada en absoluto.
—Por supuesto, aún soy la misma mujer.
Tsuda quiso responder con algún sarcasmo, pero la camarera, que aún no había terminado de colocar la fruta, se [sic] rio.
—¿De qué se ríe se se puede saber? —preguntó Tsuda.
—La señora Seki es muy divertida —explicó, pero en vista de la seria expresión de Tsuda, se sintió en la obligación de añadir algo más—. Es cierto: mientras uno está vivo siempre es el mismo. A menos que se nazca de nuevo, es imposible convertirse en otra persona.
—Eso no es cierto. Hay gente que renace en vida.
—¿De verdad? Me gustaría conocer a alguien.
—Si de verdad quiere, se lo presentaré.
—Se lo ruego —dijo con una carcajada antes de señalarse la nariz con el dedo índice—. Debe de ser esto otra vez. Yo no estoy a la altura, señor. Después de todo, su olfato le ha traído hasta la habitación de la señora.
[…]


Luz y Oscuridad, Natsume Sōseki (1916)
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