7 de noviembre de 2007

La Dama de la Camelias

Aquel invierno pasó. Luego el verano; y al otoño siguiente otra vez, pero esta vez en todo el esplendor de una representación benéfica, en plena ópera vimos abrirse de pronto, con cierto ruido, uno de los grandes palcos del proscenio y adelantarse hacia ese palco con un ramo en la mano, la misma belleza que yo había visto en el bulevar. ¡Era ella! Pero esta vez en el apogeo de una mujer a la moda y brillando con todo el esplendor de la conquista. Estaba admirablemente peinada; sus bonitos cabellos estaban mezclados con brillantes y con flores, y con esa gracia estudiada que les prestaba movimiento y vida; tenía los brazos y el pecho desnudos, y collares, brazaletes y esmeraldas. Llevaba en la mano un ramillete. ¿De qué color?. No sabría decirlo; hay que tener los ojos de un muchacho joven y la imaginación de un niño para poder distinguir el color de la flor sobre la que se inclina un bello rostro. A nuestra edad no se mira más que a las mejillas y al brillos de los ojos: se preocupa un poco de lo accesorio, y su queremos divertirnos en sacar consecuencias, lo hacemos sobre la misma persona, y ya es bastante ocupación.


La Dama de las Camelias, Alejandro Dumas (1848)
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