8 de abril de 2012

La invención de Hugo Cabret

SEGUNDA PARTE
Capítulo 6

[...]
―¿Te has dado cuenta de que todas las máquinas tienen su razón de ser? ―le dijo a Isabelle, recordando lo que había dicho su padre la primera vez que le había hablado del autómata―. Sus creadores las construyen para que la gente ría, como este ratoncillo; para saber qué hora es, como los relojes; para que todo el mundo se asombre viéndolas, como el autómata... Tal vez sea esa la razón de que las máquinas rotas resulten tan tristes: ya no pueden cumplir con el propósito para el que fueron creadas.
Isabelle cogió el ratón, volvió a darle cuerda y lo dejó de nuevo en el mostrador.
―Puede que ocurra lo mismo con la gente ―prosiguió Hugo―. Si dejas de tener un propósito en la vida es como... si te rompieras.


La invención de Hugo Cabret, Brian Selznick (2007)

5 de diciembre de 2011

Hamlet

Acto I, escena iii

[…]POLONIO:
¿Aún aquí, Laertes? ¡Por Dios, a bordo, a bordo!
El viento ya ha hinchado tus velas, y están
esperándote. Llévate mi bendición
y graba en tu memoria estos principios;
no le prestes tu lengua al pensamiento,
ni lo pongas por obra si es impropio.
Sé sociable, pero no con todos.
Al amigo que te pruebe su amistad
sujétalo al alma con aros de acero,
pero no embotes tu mano agasajando
al primer conocido que llegue.
Guárdate de riñas, pero, si peleas,
haz que tu adversario se guarde de ti.
A todos presta oídos; tu voz, a pocos.
escucha el juicio de todos, y guárdate el tuyo.
Viste cuan fino permita tu bolsa,
mas no estrafalario; elegante, no chillón,
pues el traje suele revelar al hombre.
[…]Ni tomes ni des prestado, pues dando
se suele perder préstamo y amigo,
y tomando se vicia la buena economía.
Y, sobre todo, sé fiel a ti mismo,
pues de ello se sigue, como el día a la noche,
que no podrás ser falso con nadie.
Adiós, mi bendición madure esto en ti.

[la cursiva es mía]


Hamlet, William Shakespeare (1600-1601)

11 de abril de 2011

V de Vendetta



Valerie

"No sé quién eres. Por favor, créeme. No puedo convencerte de que esto no es una de sus trampas. Pero no importa. Yo soy yo, no sé quien eres tú, peor pero te quiero. Tengo un lápiz pequeño que no me han encontrado. Lo escondí dentro de mí. Tal vez no pueda volver escribir, así que ésta es una larga carta acerca de mi vida. Es la única autobiografía que jamás escribiré y, Dios, la estoy escribiendo en un pedazo de papel de váter."

[…] "En 1976 dejé de fingir y llevé a casa a una chica que se llamaba Christine para que conociera a mis padres. Una semana después me fui a Londres y empecé a estudiar teatro. Mi madre decía que le había roto el corazón..."
"...Pero lo que me importaba era mi integridad. ¿Soy egoísta por ello? […] Se vende por muy poco, pero es lo único que tenemos en la vida. Es lo último que nos queda..."
"¡…Y con ella somos libres!"

[…] "Es extraño que mi vida tenga que acabar en un lugar tan horrible, ya que durante tres años todo han sido rosas y ninguna disculpa. Moriré aquí, cada parte de mí morirá..."
"Excepto una."
"Una parte. Es pequeña y frágil y es la única cosa en la vida que merece la pena tener"
"No debemos perderla ni venderla. Ni desecharla. No debemos dejar que nos la quiten."
"No sé quién eres ni sie eres hombre o mujer. Tal vez no llegue a verte nunca. Nunca te abrazaré ni lloraré contigo ni me emborracharé contigo. Pero te quiero."
"Espero que escapes de este lugar. Espero que el mundo cambie, que las cosas mejoren, y que la gente se regale rosas otra vez."
"Ojalá pudiera besarte. Valerie. X."


[El abuso indiscriminado de cursiva es mío]


V de Vendetta, Alan Moore y Dave Gibbons (1982-1988)

16 de enero de 2011

Harry Potter y la Cámara Secreta

Son nuestras elecciones, Harry, las que muestran lo que somos, mucho más que nuestras habilidades.


Harry Potter y la Cámara Secreta,  J. K. Rowling (1998)

6 de abril de 2010

Hamlet

Acto III, escena i

[...]HAMLET:
¡Ajá! ¿Eres honesta?

OFELIA:
¡Señor!

HAMLET:
¿Eres bella?

OFELIA:
¿Qué queréis decir?

HAMLET:
Que si eres honesta y bella, tu honestidad no debe permitir el trato con su belleza.

OFELIA:
¿Puede haber mejor comercio, señor, que el de la honestidad y la belleza?

HAMLET:
Pues sí, porque la belleza puede transformar la honestidad en alcahueta antes que la honestidad vuelva honesta a la belleza. Antiguamente esto era absurdo, pero ahora los tiempos lo confirman. Antes te amaba.

OFELIA:
Señor, me lo hicisteis creer.

HAMLET:
No deberías haberme creído, pues la virtud no se puede injertar en nuestro viejo tronco sin que quede algún resabio. Así que no te amaba.

OFELIA:
Más me engañé.

HAMLET:
¡Vete a un convento! ¿Es que quieres criar pecadores? Yo soy bastante decente, pero puedo acusarme de cosas tales que más valdría que mi madre no me hubiese engendrado. Soy muy orgulloso, vengativo, ambicioso, con más disposición para hacer daño que ideas para concebirlo, imaginación pra para plasmarlo, o tiempo para cumplirlo. ¿Por qué gente como yo ha de arrastrase entre la tierra y el cielo? Todos somos unos miserables: no nos creas a ninguno. Venga, vete a un convento. [...]
Si te casas, sea mi dote esta maldición: serás más casta que el hielo y más pura que la nieve, y no podrás evitar la calumnia. Vete a un convento, anda, adiós. O si es que has de casarte, cásate con un tonto, pues el listo sabe bien los cuernos que ponéis. A un convento, vamos, deprisa. Adiós.

OFELIA:
¡Santos del cielo, curadle!

HAMLET:
Sé muy bien lo de vuestros afeites. Dios os da una cara y vosotras os hacéis otra. Andáis a saltitos o pausado, gangueando bautizáis a todo lo creado, y hacéis pasar por inocencia vuestros dengues. Muy bien, se acabó; me he vuelto loco. Ya no habrá más matrimonios. De los que ya están casados vivirán todos menos uno. Los demás, que sigan como están. ¡A un convento, vamos!


Hamlet, William Shakespeare (1600-1601)

6 de marzo de 2009

Soneto 75

Sois a mis pensamientos pan de vida
o aguacero estival para la tierra;
entre avaro y riqueza es conocida
esa que por tu paz sostengo, guerra:

orgulloso al gozar y, acto seguido,
dudar si el tiempo roba su tesoro,
contar contigo a solas, escondido,
ser más feliz si vieran lo que adoro.

Y contemplarte a veces tan saciado,
y de pronto morir por tu mirada,
poseer y buscar no más agrado
que tu prenda tenida o deseada.

Así es como me sacio o desfallezco,
de lo que un día abuso, otro carezco.


Sonetos, William Shakespeare (1592-1579)

20 de enero de 2009

El Cuervo

Cierta noche aciaga, cuando, con la mente cansada,
meditaba sobre varios libracos de sabiduría ancestral
y asentía, adormecido, de pronto se oyó un rasguido,
como si alguien muy suavemente llamara a mi portal.
"Es un visitante -me dije-, que está llamando al portal;
sólo eso y nada más."

¡Ah, recuerdo tan claramente aquel desolado diciembre!
Cada chispa resplandeciente dejaba un rastro espectral.
Yo esperaba ansioso el alba, pues no había hallado calma en mis libros,
ni consuelo a la pérdida abismal
de aquella a quien los ángeles Leonor podrán llamar
y aquí nadie nombrará.

Cada crujido de las cortinas purpúreas y cetrinas
me embargaba de dañinas dudas y mi sobresalto era tal
que, para calmar mi angustia repetí con voz mustia:
"No es sino un visitante que ha llegado a mi portal;
un tardío visitante esperando en mi portal.
Sólo eso y nada más".

Mas de pronto me animé y sin vacilación hablé:
"Caballero —dije—, o señora, me tendréis que disculpar
pues estaba adormecido cuando oí vuestro rasguido
y tan suave había sido vuestro golpe en mi portal
que dudé de haberlo oído...", y abrí de golpe el portal:
sólo sombras, nada más.

La noche miré de lleno, de temor y dudas pleno,
y soñé sueños que nadie osó soñar jamás;
pero en este silencio atroz, superior a toda voz,
sólo se oyó la palabra "Leonor", que yo me atreví a susurrar...
sí, susurré la palabra "Leonor" y un eco volvióla a nombrar.
Sólo eso y nada más.

Aunque mi alma ardía por dentro regresé a mis aposentos
pero pronto aquel rasguido se escuchó más pertinaz.
"Esta vez quien sea que llama ha llamado a mi ventana;
veré pues de qué se trata, que misterio habrá detrás.
Si mi corazón se aplaca lo podré desentrañar.
¡Es el viento y nada más!".

Mas cuando abrí la persiana se coló por la ventana,
agitando el plumaje, un cuervo muy solemne y ancestral.
Sin cumplido o miramiento, sin detenerse un momento,
con aire envarado y grave fue a posarse en mi portal,
en un pálido busto de Palas que hay encima del umbral;
fue, posóse y nada más.

Esta negra y torva ave tocó, con su aire grave,
en sonriente extrañeza mi gris solemnidad.
"Ese penacho rapado —le dije—, no te impide ser
osado, viejo cuervo desterrado de la negrura abisal;
¿cuál es tu tétrico nombre en el abismo infernal?"
Dijo el cuervo: "Nunca más".

Que una ave zarrapastrosa tuviera esa voz virtuosa
sorprendióme aunque el sentido fuera tan poco cabal,
pues acordaréis conmigo que pocos habrán tenido
ocasión de ver posado tal pájaro en su portal.
Ni ave ni bestia alguna en la estatua del portal
que se llamara "Nunca más".

Mas el cuervo, altivo, adusto, no pronunció desde el busto,
como si en ello le fuera el alma, ni una sílaba más.
No movió una sola pluma ni dijo palabra alguna
hasta que al fin musité: "Vi a otros amigos volar;
por la mañana él también, cual mis anhelos, volará".
Dijo entonces: "Nunca más".

Esta certera respuesta dejó mi alma traspuesta;
"Sin duda —dije—, repite lo que ha podido acopiar
del repertorio olvidado de algún amo desgraciado
que en su caída redujo sus canciones a un refrán:
"Nunca, nunca más".

Como el cuervo aún convertía en sonrisa mi porfía
planté una silla mullida frente al ave y el portal;
y hundido en el terciopelo me afané con recelo
en descubrir qué quería la funesta ave ancestral
al repetir: "Nunca más".

Esto, sentado, pensaba, aunque sin decir palabra
al ave que ahora quemaba mi pecho con su mirar;
eso y más cosas pensaba, con la cabeza apoyada
sobre el cojín purpúreo que el candil hacía brillar.
¡Sobre aquel cojín purpúreo que ella gustaba de usar,
y ya no usará nunca más!

Luego el aire se hizo denso, como si ardiera un incienso
mecido por serafines de leve andar musical.
"¡Miserable! —me dije—. ¡Tu Dios estos ángeles dirige
hacia ti con el filtro que a Leonor te hará olvidar!
¡Bebe, bebe el dulce filtro, y a Leonor olvidarás!".
Dijo el cuervo: "Nunca más".

"¡Profeta! —grité—, ser malvado, profeta eres, diablo alado!
¿Del Tentador enviado o acaso una tempestad
trajo tu torvo plumaje hasta este yermo paraje,
a esta morada espectral? ¡Mas te imploro, dime ya,
dime, te imploro, si existe algún bálsamo en Galaad!"
Dijo el cuervo: "Nunca más".

"¡Profeta! —grité—, ser malvado, profeta eres, diablo alado!
Por el Dios que veneramos, por el manto celestial,
dile a este desventurado si en el Edén lejano
a Leonor, ahora entre ángeles, un día podré abrazar".
Dijo el cuervo: "¡Nunca más!".

"¡Diablo alado, no hables más!", dije, dando un paso atrás;
¡Que la tromba te devuelva a la negrura abisal!
¡Ni rastro de tu plumaje en recuerdo de tu ultraje
quiero en mi portal! ¡Deja en paz mi soledad!
¡Quita el pico de mi pecho y tu sombra del portal!"
Dijo el cuervo: "Nunca más".

Y el impávido cuervo osado aún sigue, sigue posado,
en el pálido busto de Palas que hay encima del portal;
y su mirada aguileña es la de un demonio que sueña,
cuya sombra el candil en el suelo proyecta fantasmal;
y mi alma, de esa sombra que allí flota fantasmal,
no se alzará... ¡nunca más!


El Cuervo, Edgar Allan Poe (1845)

9 de enero de 2009

Otelo

Acto I, escena iii

OTELO:
[...] Mientras tanto, con la misma verdad
con que al cielo confieso mis pecados,
expondré a vuestros graves oídos la manera
como alcancé el amor de esta bella dama
y ella el mío.

DUX:
Contadla, Otelo.

OTELO:
Su padre me quería, y me invitaba,
curioso por saber la historia de mi vida
año por año; las batallas, asedios
y accidentes que he pasado. Yo se la conté,
desde mi infancia hasta el momento
en que quiso conocerla. Le hablé
de grandes infortunios, de lances
peligrosos en mares y en campaña;
de cómo en la brecha amenazante
logré salvarme de milagro; de cómo
me apresó el orgulloso enemigo
y me vendió como esclavo; de mi rescate
y el curso de mi vida de viajero:
entonces pude hablare de anchas grutas
y áridos desierto, riscos, peñas y montañas
cuyas cimastocan el cielo; de los caníbales
que se comen entre sí, los antropófagos,
y seres con la cara debajo de los hombros.
Desdémona ponía toda su atención,
pero la reclamaban los quehaceres
de la casa; ella los cumplíapresurosa
y, con ávidos oídos, volvía
para sorber mis palabras. Yo lo advertí,
busqué ocasión propicia y hallé el modo
de sacrle un ruego muy sentido:
que yo le refierese por extenso
mi vida azarosa, que no había podido
oir entera y de continuo. Accedí,
y a veces le arranqué más de una lágrima
hablándole de alguna desventura
que sufrió mi juventud. Contada ya la historia,
me pagó con un mundo de suspiros:
juró que era dmirable y portentosa,
y que era muy conmovedora; que ojalá
no la hubiera oído, más que ojalá
Dios la hubiera hecho un hombre como yo.
Me dio las gracias y me dijo que si algún
amigo mío la quería, le enseñase
a contar mi historia, que con eso podía
enamorarla. A esta sugerencia respondí
que, si ella me quería por mis peligros,
yo a ella la quería por su lástima.
Esta ha sido mi sóla brujería [...].

BRABANCIO:
[...] Ven, gentil dama.
¿A quién de esta noble asamblea
debes mayor obediencia?

DESDÉMONA:
Noble padre, mi obediencia se halla dividida:
A vos debo mi vida y mi crianza,
y vida y crianza me han enseñado
a respetaros. Sois señor de la obediencia
que os debía como hija. Más aquí está mi esposo,
y afirmo que debo a Otelo mi señor
el mismo acatamiento que mi madre
os tributó al preferiros a su padre.


Otelo, William Shakespeare (1604)

27 de abril de 2008

Lolita

Parte I
33

En la alegre ciudad de Lepingville le compré cuatro revistas de historietas, una caja de dulces, una caja de toallas higiénicas, dos tortas, un juego de manicura, un reloj de viaje con cuadrante luminoso, un anillo con un topacio verdadero, una raqueta de tenis, patines, zapatos blancos de talones altos, anteojos largavista, una radio portátil, goma de mascar, un impermeable transparente, algunas prendas de vestir —pantalones de vestir, toda clase de vestidos para el verano—. En el hotel tomamos cuartos separados, pero en mitad de la noche vino a mí sollozando. ¿Comprenden ustedes? Lo no tenía absolutamente ninguna parte a donde ir.


Lolita, Vladimir Nabokov (1955)

24 de abril de 2008

Respuesta

Quisiera que tú me entendieras a mí sin palabras.
Sin palabras hablarte, lo mismo que se habla mi gente.
Que tú me entendieras a mí sin palabras
como entiendo yo al mar o a la brisa enredada en un álamo verde.

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte,
Hace ya mucho tiempo aprendí hondas razones que tú no comprendes.
Revelarlas quisiera, poniendo en mis ojos el sol invisible,
la pasión con que dora la tierra sus frutos calientes.

Me preguntas, amigo, y no sé qué respuesta he de darte.
Siento arder una loca alegría en la luz que me envuelve.
Yo quisiera que tú la sintieras también inundándote el alma,
yo quisiera que a ti, en lo más hondo, también te quemase y te hiriese.
Criatura también de alegría quisiera que fueras,
criatura que llega por fin a vencer la tristeza y la muerte.

Si ahora yo te dijera que había que andar por ciudades perdidas
y llorar en sus calles oscuras sintiéndose débil,
y cantar bajo un árbol de estío tus sueños oscuros,
y sentirte hecho de aire y de nube y de hierba muy verde...

Si ahora yo te dijera
que es tu vida esa roca en que rompe la ola,
la flor misma que vibra y se llena de azul bajo el claro nordeste,
aquel hombre que va por el campo nocturno llevando una antorcha,
aquel niño que azota la mar con su mano inocente...

Si yo te dijera estas cosas, amigo,
¿qué fuego pondría en mi boca, qué hierro candente,
qué olores, colores, sabores, contactos, sonidos?
Y ¿cómo saber si me entiendes?
¿Cómo entrar en tu alma rompiendo sus hielos?
¿Cómo hacerte sentir para siempre vencida la muerte?
¿Cómo ahondar en tu invierno, llevar a tu noche la luna,
poner en tu oscura tristeza la lumbre celeste?

Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras como tú me entendieses.


Alegría, José Hierro (1947)

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